A Spanish Ghetto?

Mi artículo sobre los efectos del aislamiento y la segregación urbana en los jóvenes de un barrio periférico de Madrid, acaba de publicarse en la Revista Migraciones Internacionales, editada por el COLEF, México.

Open access journal:

https://ojs.colef.mx/index.php/migracionesinternacionales/article/view/271/1166?style=font-size%3A%2014px%3B%20

 

 

 

 

Advertisements

¿Por qué nos olvidamos de las realidades concretas?

 

Desde el atentado en Westminster de ayer, los medios de comunicación no dejan de hablar la existencia de un “enemigo interno”, una afirmación que atiza aún más el temor que provoca en los ciudadanos este tipo de ataques terroristas. Concretamente, Ernesto Ekaizer esta mañana en Hoy por hoy asociaba esta idea con las “segundas generaciones” de inmigrantes magrebíes y subsaharianos. Se habla de la imposibilidad de los servicios secretos de seguir y controlar a todos los jóvenes que están fichados por la policía; nos preguntamos qué es lo que tendría que hacer occidente para cambiar su relación con los musulmanes en el mundo. Pero nos olvidamos de hablar de nuestra realidad más cercana, de lo que se está haciendo sobre el terreno, en nuestras ciudades y en los barrios donde viven estos jóvenes para evitar su radicalización y su paso a la acción violenta.

Con la investigación Local Youth sí pude ir a espacios urbanos concretos para comprobar cuál eran las carencias de los jóvenes en una banlieue parisina y un barrio periférico madrileño y una de las cosas que más me llamaron la atención fue la falta de oportunidades que tenían los jóvenes para expresar su doble pertenencia. Existe, y sobre todo en París, una falta de comunicación y una separación total entre las organizaciones laicas e institucionales y las asociaciones musulmanas, cada vez mejor organizadas y con un mayor número de afiliados y socios. En la cité de Les Bosquets los “musulmanes” y los “no-musulmanes” no se comunican ni trabajan conjuntamente en un momento en que los jóvenes necesitan de manera urgente ser protegidos de captadores y radicales. Los jóvenes viven atrapados entre el Estado laico, que pone trabas a la expresión de las creencias religiosas y legitima en cierta medida distintas formas de racismo cotidiano, y la religión, generalmente demasiado anclada en la tradición. Una situación ambivalente que les impide gestionar su identidad mixta (y que podría ser muy rica) y les genera un gran vacío de pertenencia. De este vacío y abandono por parte de la sociedad en su conjunto se aprovechan los violentos.

Jóvenes, policía y suburbios en Madrid y París. ¿Ruptura o acercamiento?

El 14 de octubre de 2008 Abdoulaye Fofana llegó a su casa, situada en el bloque 5 de la cité de Les Bosquets, a eso de las 22 horas para ver el partido que jugaban Francia-Túnez con unos amigos. Cruzó el salón, saludó a su madre, a su hermana y a sus dos hermanos pequeños y se encerró en su cuarto para encender la tele. Al rato escuchó un golpe fuerte que venía de la entrada. Salió para ver qué pasaba y vio que dos policías habían entrado en su casa tras haber roto la cerradura de la puerta. Le preguntaron su apellido. Adboulaye les contestó y ellos dijeron: “no es él” y se dieron la vuelta para irse por donde habían venido. El joven les siguió hasta la salida y les preguntó: “¿rompen la puerta de nuestra casa y se van como si no hubiera pasado nada?”. Entonces se dieron la vuelta de nuevo, le miraron y uno de ellos dijo: “¡a este nos lo llevamos!”.

“Me cogieron y empujaron a mi madre que gritaba desesperada. Me bajaron por las escaleras hasta el portal dándome porrazos. Yo recuerdo que no paraba de gritar. Sólo oía gritos. Mis hermanos pequeños me seguían, gritaban y lloraban… ¡Fue horrible!… Me llevaron a comisaría y estuve desde el martes hasta un viernes encerrado. Yo pensé: ya está, ¡me meten en el trullo! Me acusaban de haber tirado proyectiles contra un coche de policía y de haber pegado a uno de los dos policías”.

Abdoulaye participó con otros 15 jóvenes (8 chicas y 7 chicos de entre 18 y 25 años) en la Intervención Sociológica que organicé durante el invierno de 2014 en el barrio de Les Bosquets. En ese momento tenía 25 años y trabajaba como animador en el patio de un instituto. Relató estos hechos durante la sesión número 5 dedicada al análisis de la relación entre los jóvenes y la policía. El invitado era un policía nacional “de los buenos”, como decían los jóvenes, uno de los pocos que ha escogido la prevención como prioridad de intervención en los barrios. En concreto, trabajaba en el Centre de Loisirs et de la Jeunesse de la Police Nationale, el único centro de prevención de la delincuencia que hay en la banlieue norte de París. En Madrid, en el barrio de San Cristóbal de los Ángeles, también reuní durante el verano de 2014 a un grupo de 15 jóvenes (9 chicas y 6 chicos) con dos agentes tutores, miembros de la policía municipal y encargados de crear un vínculo entre la policía y el ciudadano.

En París, el agente de policía terminó la sesión confesando a los jóvenes su sorpresa por la violencia de los relatos de los jóvenes: 6 de los 7 jóvenes presentes en la sala habían sido maltratados físicamente por las fuerzas del orden en la calle, cuando les pedían la documentación, cuando volvían solos a su casa por la noche, cuando les paraban mientras conducían su coche o cuando pasaban el rato en el centro comercial del barrio con sus amigos. Por una vez, la situación se invertía y quien bajaba la cabeza y permanecía en posición reflexiva era el agente. Según él, las causas de esa agresividad por parte de la policía eran fundamentalmente dos. La primera es la idea enraizada de que en las banlieues aumentaba cada año la delincuencia y que los jóvenes son cada vez más violentos, por lo que los agentes deben actuar en grupo, ser contundentes y agresivos para evitar conflictos. Este nuevo paisaje hiperviolento parece dudoso cuando en el distrito 93, Seine-Saint-Denis, hubo 20 asesinatos en 2013, 4 más que en 2012 pero los mismos que en 2008 y 7 menos que en 2009. Además, en Francia desde hace 10 años los crímenes descienden de manera estable, como lo muestra este informe de la Documentation Francaise.

La segunda causa que nos explica el policía invitado es el cambio que supuso la nueva política securitaria implantada por Nicolas Sarkozy cuando era ministro del interior. “Se trataba de una policía que actuaba bajo el lema “la mejor prevención es la sanción”. Una política de tolerancia cero que tiene una consecuencia directa en la actuación cotidiana de los agentes ya que, a partir de 2003, estos tuvieron que demostrar su eficacia a través del número de multas, controles de identidad, registros y detenciones que realizaban a diario. Una cuantificación que recrudece el acoso hacia los jóvenes en la calle, acorta los tiempos en las investigaciones policiales y hace aumentar el porcentaje de falsos culpables. En estas circunstancias, el hecho de ser arrestado o maltrato por la policía se convierte para los jóvenes en un riesgo cotidiano. “Recuerdo un colega que salió de casa una mañana para ir a hacer un stage de profesor de fútbol y como llevaba las mismas zapatillas que uno al que estaban buscando, se lo llevaron directo a la cárcel”, cuenta un joven que trabaja por temporadas en el aeropuerto de Roisy.

Todos los jóvenes del grupo de Les Bosquets dicen no confiar en la policía y temer su violencia. Las chicas permanecen calladas buena parte de la sesión y finalmente dicen que a ellas no les paran ni les molestan, pero hablan de experiencias que también les marcaron en el pasado. “En mi casa entraron cuando yo tenía 9 años de pronto en el salón buscando a un tal Ndiaye. Buscaban al vecino de abajo que se apellida igual que mi familia porque también es senegalés. Uno de los policías encontró el Corán de mi padre y lo tiró al suelo y escupió encima. Me dio mucho miedo”, cuenta una joven de 24 años y estudiante de contabilidad. Desde que Sarkozy acabó con la policía de proximidad, la policía nacional ha roto completamente su relación de confianza con la ciudadanía, un vínculo que según Le Goff (2010:98) es algo fundamental para el buen funcionamiento de la democracia. Un hecho que indica el grado de desconexión entre las fuerzas del orden y la policía fue lo que pasó antes de los atentados de Charlie Hebdo. Dos meses antes del ataque, un matrimonio, de origen tunecino, vecinos de los hermanos Kouachi en Gennevilliers, decidió entrar por la fuerza en su apartamento mientras estos hablan salido a comprar. Llevaban tiempo oyéndoles rezar sin parar y estaban seguros de que tramaban algo. Efectivamente, en el piso encontraron un arsenal, pero tuvieron la mala suerte de ser sorprendidos por los Kouachi que les arrinconaron y les amenazaron de muerte si iban a la policía. La pareja guardó silencio hasta el día siguiente de los atentados, cuando llamó a un periodista del Canadiense De Globe and Mail para relatar lo sucedido. Sorprendentemente, los medios franceses no se hicieron eco de esta noticia, la cual revela que la confianza en la policía es muy escasa en determinados entornos.

En los suburbios de Madrid no se puede decir que el vínculo esté completamente dañado entre los jóvenes de origen inmigrante y la policía. Los jóvenes de San Cristóbal no dicen sentir desconfianza y miedo hacia la policía. Tampoco hacen una diferencia tan clara entre el trato de la policía cuando se la cruzan en el centro de Madrid o en San Cristóbal, como sí denuncian los jóvenes en París. Las violencias policiales en España, como también lo indica el último informe de Admitía Internacional, las sufren sobre todo los militantes de movimientos sociales y los inmigrantes indocumentados. “Cuando vemos un coche de policía sabemos que nos van a parar, por la pinta que llevamos… Somos negros y llevamos roba ancha, gorra, pantalones caídos. No falla. Pero como tenemos papeles no suele pasar nada”, cuenta un joven de 19 años y de origen maliano.

Los jóvenes hacen una distinción clara entre la policía nacional y la policía municipal.  De los segundos valoran su trato y su cercanía— “son como policías de barrio”— y su talante de diálogo y de ayuda a los vecinos. Los agentes tutores invitados les explican durante la reunión que el objetivo de la policía municipal es conocer la diversidad de vecinos que hay en cada distrito, sus problemas y dificultades para prevenir posibles conflictos. En algunos municipios de la Comunidad de Madrid se está tratando de gestionar la diversidad de otra forma. En Fuenlabrada se ha implantado un Servicio de Asistencia a las Víctimas por Delitos de Odio y los agentes cuando realizan controles de identidad entregan a las personas una recibo donde se les explican sus derechos y obligaciones. Esto ha reducido los controles a la mitad y ha creado una relación mucho más cercana con la comunidad y las minorías étnicas. Los agentes visitan las mezquitas, las sinagogas y las iglesias como parte de su rutina. El 27 de enero pasado, el delegado del área de Salud, Seguridad y Emergencias del Ayuntamiento de Madrid, Javier Barbero, anunció que se pondrá en marcha el mismo servicio en toda la ciudad de Madrid.

A pesar de estos cambios, los jóvenes no creen que la policía pueda cambiar de mentalidad fácilmente. Según ellos, los agentes nacionales seguirán siendo agresivos, represivos y sobre todo racistas. Kawtar, una joven de 21 años y camarera en un restaurante explica una situación en la que dice haberse sentido humillada por la policía.

“Un día me atacaron en el restaurante en el que trabajo, una tía con una navaja y me hicieron un corte en un mano. Vino una ambulancia, me curaron y luego vino la policía nacional. Uno de ellos me pidió el DNI y se lo di. Entonces me dijo: “¡ah, que eres mora!”. Y me molestó, sabes, porque si te doy el DNI español es que soy española y no tiene por qué venir a decirme que si soy mora… ¡no viene a cuento!”.

Una prueba de que las cosas no han cambiado mucho es la reacción de uno de los agentes tutores al relato de Kawtar. El agente no entiende por qué la joven se siente ofendida y le pregunta por qué se enfada tanto si seguramente se trate de un apelativo que oye a diario. La joven le explica que eso para ella significaba un desprecio, un insulto, una discriminación: “no es lo mismo que me llame mora mi mejor amiga a que me lo llame la policía, ¿no cree agente?”, explicaba con determinación. Finalmente, los agentes aconsejan a Kawtar no sobrerreaccionar en esos casos, no darle importancia y sobre todo evitar la confrontación con la policía. En otras palabras, le explican que es mejor no señalar ni denunciar el racismo.

En esa sala, excepto Kawtar, nadie denunciaba claramente el racismo, sino al contrario, le la mayoría le restaba importancia. Dicen haber vivido situaciones parecidas, pero las aceptan como otra característica más del paisaje. Esta resignación podría ser propia del hecho de tener que ser los primeros en romper el silencio y de denunciar un maltrato que podría estigmatizarles aún más. Un silencio que sí rompieron los jóvenes franceses en los suburbios hace 35 años, tras la muerte de Ahmed Boutelja que fue disparado por un policía tres veces por la espalda en una banlieue de Lyon. El Movimiento Beur en los años 90, las reivindicaciones desde las asociaciones locales a finales de los 90, la creación de organizaciones políticas con representantes en instituciones locales como ACLe Feu después de las revueltas de 2005 y hoy organizaciones políticas como Les Indigènes de la République o el Collectif contre l’Islamophobie en France (CCIF) muestran que el racismo ya no puede esconderse y que ya no hay marcha atrás. Los jóvenes franceses de origen magrebí y subsahariano “han dejado de bajar la cabeza”, como explica un adulto de origen argelino que vivió su juventud en Les Bosquets. “Nosotros tratábamos de pasar desapercibidos, ocultabamos que éramos árabes, musulmanes. Hoy los jóvenes reivindican sus orígenes, su religión, su color de piel. Han dejado de estar acomplejados y denuncian la violencia de la policía”.

Fue lo que hizo Abdoulaye tras ser arrestado. Tuvo la suerte de que su vecino, el realizador de televisión Ladj, llegaba a su casa en el momento en que la policía le daba los últimos golpes y grabó lo sucedido. El caso fue muy mediático, el video distribuido y la denuncia de Abdoulaye hizo que la violencia tuviera consecuencias: ambos policías fueran inhabilitados y condenados a cuatro meses de prisión. El  2 de febrero en Aulnay-sous-Bois (Seine-Saint-Denis) Théo, un joven de 22 años, fue maltratado e incluso sodomizado por un policía con una porra. La policía francesa de nuevo se ha equivocado, pero ya no hay silencio. La denuncia tanto mediática, como de los movimientos sociales y en general de los ciudadanos individuales a través de las redes sociales se oye a un volumen tan alto que será difícil para la justicia mirar hacia otro lado. La violencia policial en las banlieues continuará si la policía en estos barrios sigue comportándose como un ejercito en una zona de combate, pero las víctimas parece que ya no se volverán a callar. En España la confianza se está construyendo poco a poco en ciudades como Madrid. Veremos si está tendencia se consolida en futuro.

LE GOFF, Tanguy (2010): “Poliques de sécurité: les chiffres et les images”, Esprit, Mars-avril 2010: 90-99.

JÓVENES EN TIERRA DE NADIE: PUBLICADO!

El CIS, en su colección de Monografías, acaba de publicar mi libro, Jóvenes en tierra de nadie. Una experiencia de trabajo de campo con la que he aprendido al lado de gente maravillosa el oficio de socióloga! Estoy muy contenta!

El mediador que baila

 

Decidí finalmente introducirme en la cité des Bosquets acompañada de Moussa, el profesor de street dance que por la mañana dirige un taller de fotografía sobre la Renovación Urbana con niños de entre 11 y 12 años. Moussa empezó a dedicarse a la fotografía en 2005, una noche en que se asomó a la ventana de su habitación y vio un coche en llamas. Era uno de los primeros días de los disturbios que estallaron en otoño tras la muerte de Ziyed (15 años) y Bouna (17 años), fallecidos en un transformador eléctrico donde se escondieron para escapar de la policía. Moussa vendió esta foto a una periodista de The Times que llegó a Clichy-Montfermeil atraída por la rabia y la violencia que habían provocado la muerte de estos dos jóvenes.

IMG_0012

“Los periodistas venían aquí queriendo retratar las revueltas, pero la mayoría llegaban al centro social hechos polvo porque les habían robado sus cámaras profesionales. Entonces comenzaron a necesitarnos para contar lo que estaba pasando. Nosotros sí podíamos hacer fotos”, me explicaba hace poco Younes, otro educador del centro que ayudó a Moussa en su nueva tarea de fotógrafo. Para contrarrestar la imagen construida por los medios, Moussa y un colega filmaron el barrio durante los 365 días siguientes al estallido de las revueltas.

Moussa nació en el 12ème arrondisement de Paris y dice que su pasaporte es internacional: se siente francés y maliense al mismo tiempo. Es el segundo de 28 hermanos. Su padre tiene tres mujeres. Llegó de Mali en los años 80 y consiguió lo que todos sus paisanos querían: un puesto en el ayuntamiento bien pagado, conduciendo el camión de la basura. La familia se trasladó a uno de los grandes apartamentos de la cité de Les Bosquets y Moussa recuerda una infancia ocupada. “Los profesores en el colegio alucinaban de que llegáramos sin un lápiz y con los deberes sin hacer, pero no podían entendernos, no podían imaginar cómo era nuestra casa… Yo recuerdo que me pasaba el día ocupándome de mis hermanos, yendo a comprar patatas y arroz, patatas y arroz… Iba al colegio sólo para que mi familia obtuviera el certificado de escolaridad, porque así podíamos cobrar las ayudas”. Para él el colegio era también algo surrealista.

Sentía la necesidad de buscar respuestas fuera. Cerca de su casa, un grupo de policías ofrecían actividades de ocio a los jóvenes. Como no podía pagar la cuota para formar parte del equipo de fútbol, le propusieron ayudar en los entrenamientos del equipo infantil. De esta forma descubrió el trabajo en el ámbito de la animación social y obtuvo su primer diploma (BAFA- Brevet d’aptitudes aux fonctions d’animateur).

A los 18 anos tuvo que hacer el servicio militar y le enviaron un año y medio a Alemania. Dice que le vino muy bien, que cogió fuerzas, aprendió a escuchar, a obedecer y a estar tranquilo, hábitos que los jóvenes de hoy no tienen. Esta experiencia le abrió al mundo. “En el colegio y en el barrio yo recuerdo que solo había negros y árabes. Me di cuenta de que estábamos como encerrados, metidos en un sitio sin la posibilidad de conocer otras cosas”. A partir de ahí, tuvo varios oficios, pero sobre todo descubrió el baile, y más concretamente las acrobacias del Street dance. “No teníamos nada: ni salas, ni profesor de baile, ni nada. Hacíamos una hoguera en el bosque y bailábamos alrededor. Aprendíamos los unos de los otros”.

Durante uno de los debates que organicé con los jóvenes el año pasado y donde el invitado era un empresario de origen marroquí que decía que el éxito era posible aunque se partiera de un barrio pobre, Moussa reaccionó diciendo que no dependía sólo del empeño. Contó en público su primera experiencia de racismo en una empresa de bodas para judíos. Después de varias semanas de trabajo, su jefe le exigió cambiarse el nombre. Le llamarían “John”, porque Moussa podía dar miedo a la clientela. “Me sentí menospreciado, es algo muy negativo de lo que guardo un recuerdo desagradable… Le dije que mis padres me habían dado un nombre y unos apellidos y que me sentía muy orgulloso de ello”. A pesar de su rechazo, al día siguiente los responsables le llamaron John. “Pude reaccionar violentamente —explica con orgullo, mostrando que su origen es una de las cosas más importantes para él— pero me contuve, entré en el despacho del jefe y le dije que me renunciaba”.

Volvió al barrio y encontró su referencia: un “black” muy culto que ayudaba a los inmigrantes de Mali y de Senegal en la banlieue. “Entendí que lo que este hombre hacía era también mi vocación. Y trabajé durante ocho años en su Asociación y con él entendí muchas cosas, sobre todo sobre la historia de África y de Francia”. En ese momento el barrio era un lugar olvidado por la Administración y las familias inmigrantes recién llegadas no conocían sus derechos. Moussa y su padrino eran el único vínculo con la sociedad mayoritaria.

Gounedi1

Hoy, cuando acaba de cumplir los 40, ha podido conjugar sus dos pasiones y es profesor de break dance en el nuevo centro social, donde hay salas de ensayo, aparatos de música y se organizan festivales. Dice que el baile es la mejor terapia: “el baile te saca del aislamiento, te obliga a abrirte a los demás, a mostrar tus debilidades y también tus capacidades… Con el baile nos hacemos más humildes porque nos exponemos al otro y nos mostramos de una manera franca… Muchos jóvenes me han dicho que el baile ha transformado su carácter”.

Después de la violencia, el Estado llegó al barrio. El Plan Nacional de Renovación Urbana y la inversión social ha multiplicado las oportunidades de ocio de los jóvenes. Moussa está satisfecho con su carrera y con el cambio en el barrio. Lo único que vive con un poco de tensión es la expresión pública de su identidad religiosa. “Soy muy practicante, pero no lo muestro porque tengo miedo de que me señalen con el dedo, que se mezclen las cosas y que la gente piense que soy un radical”. Vive su fe en privado y se esfuerza en dar una dirección a la juventud en el ámbito público.

En un cuestionario que pasé a los jóvenes el año pasado, les preguntaba sobre su “identidad”: ¿cómo os sentís?, ¿franceses?, ¿argelinos?, ¿malianos?, ¿senegaleses?, ¿parisinos?, ¿del 93?…”. Una respuesta me llamó la atención. Yassin había dejado escrito: “ninguna de esas identidades. Me siento de mi grupo de baile”.

 

Después de Charlie en Clichy-sous-Bois (sobre los orígenes y sobre la clase social)

 

photo CHARLIE

Dibujo colgado en la fachada de la Escuela nacional de bellas artes de Paris por sus estudiantes.

Conversación a la hora de comer en un centre comunitario del barrio.

Participantes en la conversación:

  • Moussa : Hombre en la treintena, francés de origen maliano
  • Adama : Hombre en la treintena, francés de origen senegalés.
  • Anaïs: Mujer en la cuarentena, francesa de origen mauricienne.
  • Yasmine : Mujer en la cuarentena, francesa de origen argelino.
  • Catherine : Mujer en la cincuentena, francesa de origen lorraine (región de la Loraine)
  • Clotilde : Mujer en la cincuentena, francesa de origen angevin (región de Angu)
  • Cecilia: española de origen francés y navarro.

Cecilia: ¿Cómo has vivido el atentado, el ataque a Charlie Hebdo? ¿Qué sentiste cuando te enteraste de la noticia?, le pregunté a Adama mientras que comíamos en una mesa grande. Él y Moussa tomaban una sopa casera de un árabe especialista en comidas preparadas del barrio. El resto de personas comíamos cosas frías, ensaladas y taboulé del supermercado.

Adama: Lo hemos vivido con muchos interrogantes…

Cecilia: ¿Con muchos interrogantes?

Adama: Sí, porque a los terroristas se les tenía fichados hasta 2005 y, de pronto, no se les vigiló más. No nos han explicado nada de lo que pasó entre 2005 y 2015—dice refiriéndose al rol de la policía y del gobierno.  Yo ese día estaba en el avión, volviendo de Senegal. Vinieron a buscarme al aeropuerto y me dijeron: “¿te has enterado de lo que ha pasado?”. Y yo dije, no, “¿qué ha pasado?”. Y me contaron que unos tipos habían entrado en un periódico y habían matado a periodistas diciendo Allah Akbar… Y fue duro, porque todo estaba en calma, la gente no hablaba. Había tristeza en el aire.

Cecilia : Si, había tristeza. Yo pasé por el lugar de los disparos 10 minutos antes con mi bici. Por esa calle, al lado de Bastille, paso todos los días para ir a la Universidad. Después volví a casa y había todavía ambulancias… Estamos tan acostumbrados a los medios de comunicación, a ver atentados…, pero cuando pasas al lado de uno y ves que es verdad… es increíble.

Moussa : ¿De qué habláis ?—preguntó Moussa.

Cécilia: Del ataque a Charlie Hebdo.

Moussa: Ah… yo no hablo más de eso… Ya no se puede hablar de eso aquí. Luego se mezclan las cosas… se mezcla todo…—explica refiriéndose a las conversaciones que ha tenido con cristianos, laicos y ateos, principalmente.

Cecilia : Pero no hay que callarse. Hay que hablar.

Catherine: Pero, ¿por qué ? Claro que hay que hablar…

Adama : Yo creo que puedes burlarte de los musulmanes, puedes representarlos. Puedes hacer lo que quieras. Pero no puedes burlarte de un símbolo sagrado—dice Adama refiriéndose al Profeta. Es como si insultaran a tu madre. Hablamos de libertad de expresión, pero eso es un insulto.

Moussa : Te voy a decir cuál es el problema: el problema es que a nosotros nos rechazan en todas partes. En África nos dicen que somos franceses, que tenemos “una mentalidad” francesa y aquí siempre eres considerado un extranjero. Te miran mal allí donde vayas…

Yasmine: En Francia hay un problema de identidad.

Cecilia: Pero en África estáis bien considerados, de una forma positiva, quiero decir, ¿no?

Moussa: Sí, pero ellos sólo piensan en ¡”esto”!—y se frota los dedos de la mano derecha haciendo el signo del dinero.

(Todo el mundo ríe)

Moussa: Pero, es sobre todo aquí donde nos rechazan. Nos han desplazado, aparcado en estos barrios… Aquí no somos franceses tampoco.

Adama: Es verdad. Siempre te dicen: “¿de dónde eres?”. Y cuando tu contestas que eres francés, siempre te vuelven a preguntar: “sí, ya, ¿pero de qué origen…?”. Tú tienes que responder que eres senegalés y siempre te dicen : « Ah, Senegal, es muy bonito, ¡estuve de vacaciones la semana pasada!”

(Todo el mundo se ríe)

Moussa: Yo creo que el problema que tenemos en Francia no es un problema religioso, es un problema político. Hay un conflicto internacional y nosotros somos las víctimas. Estamos en todo el medio. Y encima nos quieren separar…tener miedo de tu vecino que reza y lee el Corán. ¡Es increíble, pero funciona! Las clases populares están separadas. No hay riesgo de revolución.

Cecilia : Está claro que esto debe beneficiar a alguien.

Anaïs: Divide y vencerás.

Catherine: No sé si visteis ayer el programa en la 3. Había un historiador que decía que la única solución estaba en la aplicación estricta de la ley de 1905. ¿Por qué Hollande tiene que reunirse con los musulmanes? Es un problema entre las religiones. Cada cual tiene su religión y la practica en casa, en privado.

Cecilia : Sí, pero cuando hay dos personas que matan en nombre de la religión, ¿crees que el Estado no está concernido?

Catherine: El problema debe resolverse entre las religiones. No puede haber injerencia de la religión en el espacio público y político.

Clotilde: Pasamos el tiempo hablando de religiones y mientras aprueban leyes que nos empobrecen aún más, que ponen en peligro el futuro de nuestros hijos, que ponen en peligro nuestra salud… La semana pasada en la manifestación contra la Ley Macron éramos cuatro gatos… Entonces, después no hay que quejarse.

Adama: La crisis va a llegar a Francia.

Clotilde: No, estamos en plena crisis en Francia, pero intentan calmarnos a través de los medios de comunicación… a través de miedo al otro… Y nosotros nos dejamos.

Adama : Es verdad. Vamos a convertirnos en trabajadores pobres… Nada de pensiones… nada de nada…

Clotilde: ¡Ya somos trabajadores pobres…!

La llegada al 93

Una hora y media de distancia separa la Gare de l’Est y Les Bosquets. Esta cité (complejo de torres HLM), situada en la ciudad de Montfermeil (departamento 93) era donde había decidido hacer mi trabajo de campo. La Gare de l’Est es un sitio ideal para vivir en París y estudiar, al mismo tiempo, los suburbios. Justo al lado está la estación de Magenta, donde cogí por primera vez el tren de cercanías, con B, mi compañero en este primer viaje. Bajamos las oscuras escaleras mecánicas y fue como si entráramos en las verdaderas entrañas de París. Dejábamos el centro, la ciudad monumental, irreal, la de los turistas, el consumo y las luces, para salir al exterior, a la verdadera ciudad, un departamento con 1.542.761 habitantes; familias, trabajadores, jóvenes y niños, con orígenes y culturas diferentes. Si pensamos que la población de París intramuros es sólo el 18% del total de habitantes de Ile-de-France, cabe preguntarse cuál es en verdad la ciudad. ¿Es París la verdadera ciudad cosmopolita o son sus banlieues las que la enriquecen?

Durante el viaje el tren, me imaginaba la llegada al 93: una estación degradada y un paisaje de torres HLM de quince plantas. La sorpresa fue que llegamos a una ciudad rica y burguesa, Le Raincy. Localizado el bus 601, comprendí de inmediato que era allí donde se marcaba la distinción. Los blancos desaparecían y una mezcla de etnias y colores se juntaban en esa parada. El trayecto del autobús me había permitido observar el paso (o la frontera) entre dos mundos. Las casas amplias rodeadas de jardines y con dos coches aparcados en la puerta, se transformaban poco a poco en grandes edificios de diversos colores, cada vez más grandes y más habitados. Lo más chocante, la llegada a la cité a la cité de la Chêne Pointu, donde vivían Bouna y Zied, los dos jóvenes que murieron dentro de un transformador eléctrico tras una persecución policial en 2005 –el desgraciado acontecimiento que desencadenó las revueltas urbanas más importantes de las últimas décadas. Hay siempre una enorme afluencia de viajeros en esa parada, mujeres con varios niños y sus bebés colgados a la espalda con telas de colores, jóvenes en grupo, magrebíes y negros vestidos con ropas tradicionales…Impresionaba ver el estado de degradación de los edificios, los cristales rotos en las puertas de la entrada, los muros pintados y las contraventanas arrancadas. Después de tres meses de trabajo de campo, me explicaron que, paradójicamente, esa cité era la única que no habían incluido en el Plan Nacional de Renovación Urbana (PNRU) impulsado por el gobierno entre 2004-2011. Además, la marginalidad de esta área en la ciudad de Clichy-sous-Bois provocó la concentración del tráfico de drogas y la ocupación de los vestíbulos de las escaleras por parte de jóvenes relacionados con el bizness.

Mientras yo me fijaba a la gente del bus, B. leía tranquilamente sin darse cuenta de la riqueza a observar. Él se limitaba a cumplir con su papel de guardaespaldas. Mi familia parisina,  mi madre desde Madrid, e incluso varios colegas de la universidad me habían aconsejado que la primera vez que visitara el barrio que había elegido como campo de estudio fuera acompañada. Es verdad que el retrato que encontraba en Internet no era muy tranquilizador. Pero durante ese primer viaje comprendí que mi miedo y el miedo que sentía cuando contaba a mis allegados que iba a hacer trabajo de campo en los suburbios, eran producto del desconocimiento. Del miedo al extranjero y sobre todo del miedo a la pobreza. Me decían que localizara las asociaciones, “gente como yo”, “europeos”, en resumen, “blancos” y “cristianos”, para no ir sola, porque (y de esto todoel mundo estaba muy seguro) “en banlieue la gente se da cuenta enseguida de que no eres de su territorio”. La condición de extranjero se invierte.

Yo, chica prudente, había hecho los deberes y antes de ir al barrio había contactado con la directora del Centro Social para entrevistarla. Tras 50 minutos en el 601 (después de haber entendido una de las razones fundamentales por las que los jóvenes frecuentan poco el centro de París), llegamos sin saberlo a una de las zonas urbanas donde se desarrollaba una de las mayores operaciones de renovación urbana. Lejos de la imagen degradante de la cité anterior, la de Les Bosquets se había transformado en un lugar más bien agradable, con sus nuevos edificios de cuatro plantas rodeados de espacios verdes y juegos infantiles.

La directora del Centro Social después de contestar muy amablemente a mis preguntas y de mostrarse muy orgullosa del nuevo local inaugurado en 2010, me confesó que en el barrio estaban muy cansados de la presencia de los periodistas y los sociólogos. “Usan a la gente y después se van”. Después de mis tres meses de trabajo de campo, conozco el hartazgo colectivo respecto de los periodistas y los sociólogos. Podemos decir que en los suburbios, los sociólogos somos una especie que se ha ganado su mala reputación. “El otro día –me decía la mujer de la recepción del Centro Social—un sociólogo me pidió que le buscara algunas mujeres solteras y algunas mujeres víctimas de ablación y algunos hogares polígamos. ¿Se piensan que somos animales o qué?”

Mi objetivo era el contrario. Yo quería estar presente en el barrio el mayor tiempo posible. Pero primero tenía que tomar parte en la vida colectiva. ¿Cómo? La directora me había dicho que podía empezar participando en los talleres de cocina de las mamás y en los talleres de fotografía para niños. Y me pareció bien. Hacer sociología implica empezar por ser aceptado por tus propios sujetos de estudio. ¿Por qué no empezar por sus madres y sus hermanos pequeños?

Este texto lo he escrito casi un año después. En aquel momento no me di cuenta que había dado un gran paso. El más importante. Me habían aceptado como observadora participante en el corazón del barrio.

Salí del centro y B. me estaba esperando en la única terraza del barrio, que llevan unos magrebíes, junto a un centro comercial gris y destartalado. Rodeado de hombres de mediana edad y mayoritariamente magrebíes, B. disfrutaba del sol de octubre. Me senté a su lado y pedí una limonada. Todo el mundo sabía que yo era una extranjera. Pero así también podían ir acostumbrándose.

SEGUNDA ENTRADA_1

CITÉ DE LA CHÊNE POINTU

SEGUNDA ENTRADA_2

CITÉ DE LA CHÊNE POINTU

SEGUNDA ENTRADA _3

CITÉ DES BOSQUETS, AÑO 2009

SEGUNDA ENTRADA_4

UNO DE LOS NUEVOS EDIFICIOS QUE SUSTITUYEN A LA CITÉ DES BOSQUETS